El Mundial 2026, que se celebrará en México, Estados Unidos y Canadá, se desarrolla en un contexto marcado por desigualdades sociales y tensiones diplomáticas. A pesar de que el evento promete una derrama económica considerable, se cuestiona si realmente beneficiará a los comerciantes locales y si el deporte es accesible para todos.
Los expertos advierten que el torneo ha evolucionado hacia un modelo comercial que prioriza el estatus social sobre la inclusión. "El acceso al deporte debería ser un derecho garantizado por el Estado", comenta un analista de Oxfam, resaltando la paradoja entre la cultura y los negocios que rodean al fútbol.
La relación entre los tres países anfitriones no es la más óptima. Aunque este campeonato fue inicialmente visto como un símbolo de cooperación, los actuales desacuerdos en aspectos de comercio y seguridad reflejan un panorama diverso y complejo. Las obras para el Mundial, muchas de ellas no prioritarias, generan tensiones en las ciudades que albergarán partidos.
La alianza entre México y Estados Unidos enfrenta desafíos significativos, especialmente en términos de confianza. Recientemente, surgieron tensiones por actividades de agencias estadounidense en territorio mexicano, complicando la colaboración en temas de narcotráfico y seguridad. Estas preocupaciones también afectan la interacción con Canadá, que ha resentido la política proteccionista estadounidense.
Se espera que el evento, programado para junio y julio de 2026, sirva como un espacio para reflexionar sobre estas relaciones. Sin embargo, mientras se desarrollan los partidos, persisten cuestionamientos sobre la eficacia de la colaboración entre naciones con intereses y prioridades distintas.
Con información de politica.expansion.mx

