Las acusaciones recientes contra Américo Villarreal, gobernador de Tamaulipas, y Alfonso Durazo, gobernador de Sonora, han reavivado la preocupación sobre la implicación de políticos mexicanos en actividades delictivas. La situación se asemeja al caso de Rubén Rocha Moya, quien fue forzado a pedir licencia en Sinaloa tras ser investigado por nexos con el narcotráfico.
Desde hace semanas circulaban rumores sobre la inminente inclusión de más gobernadores de Morena en la lista de “narcofuncionarios” del Gobierno de Estados Unidos. La noticia fue confirmada cuando el diario Los Angeles Times reportó que se estaban realizando investigaciones sobre estas figuras políticas, provocando una reacción mediática en México.
El escándalo en el caso de Rocha Moya estalló luego de que se informara que se le revocó su visa a Estados Unidos debido a supuestos vínculos con el narcotráfico. A pesar de los intentos del político por desmentir las acusaciones, solo dos días después, el Departamento de Justicia de Estados Unidos reveló que él y otros nueve funcionarios estaban implicados en un fraude a gran escala.
La respuesta por parte del partido que los respalda fue inicialmente de negación, alegando falta de evidencia y denunciando una intervención indebida en los asuntos internos del país. Sin embargo, la presión aumentó, lo que llevó a Rocha Moya a solicitar licencia, marcando un giro decisivo en su carrera política.
Este contexto plantea serias interrogantes sobre la integridad de ciertos gobiernos estatales en México y las repercusiones que estos escándalos pueden tener para la administración actual. Las autoridades posiblemente enfrentarán mayores retos y exigencias de transparencia por parte de la ciudadanía.
Con información de vanguardia.com.mx

