En la frontera de México, un fenómeno alarmante persiste: niños involucrados en el tráfico de migrantes. A pesar de la disminución en deportaciones, menores de entre ocho y dieciséis años continúan operando como guías, aprovechando rutas y contactos que les permiten sobrevivir en un entorno adverso.
El auge de estas actividades ilegales se observó claramente desde 2010, y aunque las cifras policiacas sugieren una disminución, la realidad en municipios como Piedras Negras revela una actividad clandestina bien organizada. Los infantes son conscientes de sus derechos y, si son detenidos, regresan rápidamente a su país, sin enfrentar verdaderas consecuencias legales.
Esta situación es una compleja combinación de factores sociales y familiares. Muchos padres, al recibir dinero de sus hijos, parecen ignorar el origen de esos recursos, mientras que otros viven de las ganancias que sus pequeños generan. Las leyes actuales no contemplan sanciones efectivas para aquellos que permiten o fomentan estas prácticas, lo que les da un sentido de impunidad.
Aunque las autoridades han implementado políticas más estrictas, la actividad de estos jóvenes no ha desaparecido. Nuevas tecnologías y redes sociales han modernizado la forma en que operan, haciendo que el fenómeno sea más difícil de erradicar. La realidad es que los niños siguen formando sus propias celdas de operación, replicando modelos del crimen organizado en menor escala.
Este contexto desafía la noción de un sistema justo. La falta de atención a esta problemática envía un mensaje equivocado a las próximas generaciones, donde la "creatividad" se asocia a actividades ilegales. Sin un enfoque claro que busque proteger y rehabilitar a estos menores, los problemas seguirán creciendo en la frontera.
Con información de zocalo.com.mx

