Las lluvias en Coahuila han dejado consecuencias graves, incluyendo la pérdida de vidas y daños materiales. Esta situación evidencia la falta de una cultura de prevención que debería estar arraigada en las comunidades ante desastres naturales. Los efectos de estos fenómenos no deberían sorprendernos, ya que están bien documentados.
La sabiduría popular resalta la importancia de la prevención, pero esta no se traduce en acciones concretas. Las condiciones actuales deberían empujarnos a implementar medidas que mitiguen el impacto de las lluvias, especialmente en áreas vulnerables. Sin embargo, la realidad es que estas medidas han sido insuficientes y las autoridades parecen no reaccionar adecuadamente.
El registro de una víctima mortal en las recientes lluvias debería ser un llamado urgente para actuar. Las inadecuadas respuestas y falta de preparación ante estos eventos no son justificables. Es sabido que ciertas zonas son propensas a inundaciones, y contar con este conocimiento debería ser la base para desarrollar estrategias de mitigación efectivas.
A pesar de que es imposible prever con exactitud la cantidad de lluvia, se conocen las zonas de riesgo. La implementación de políticas que regulen la edificación en estas áreas y la liberación de cauces naturales son pasos necesarios que aún no se han dado. La inacción lleva a repetir la historia de pérdidas que, de otro modo, podrían evitarse.
Ante este panorama, es crítico que las instituciones responsables de la protección civil y la gestión de riesgos se comprometan a tomar decisiones informadas. Proteger a la población y su patrimonio exige que la prevención sea una prioridad y que se actúe con responsabilidad y proactividad frente a los desafíos climáticos.
Con información de vanguardia.com.mx

