Estocolmo, Suecia. - En un análisis sobre la creciente presión social por el bienestar, Carl Cederström, profesor de la Universidad de Estocolmo, destaca que vivir sanos y felices se ha convertido en una obligación. El académico asegura que esta tendencia genera culpa y ansiedad en quienes no logran cumplir con las expectativas impuestas por la sociedad.
Cederström, junto al coautor André Spicer, aborda este fenómeno en su obra "El síndrome del bienestar", donde argumentan que las empresas han adoptado políticas que convierten la salud y la felicidad en requisitos laborales. "Vivimos bajo la exigencia de estar sanos, ser felices y mejorar. Si no, sentimos culpa, ansiedad y la sospecha de no ser lo bastante buenos", señala Cederström.
El profesor resalta ejemplos de empresas que, en su afán por mejorar el clima laboral, han promovido la figura del director de felicidad y han implementado programas de bienestar que fomentan el ejercicio físico como parte de la cultura corporativa. Esto, según él, transforma el bienestar en una forma de disciplina que afecta la intimidad de los empleados, convirtiendo actividades cotidianas como dormir y comer en información relevante para el ámbito laboral.
La errónea creencia de que la felicidad en el trabajo se traduce en mayor productividad se mantiene firme, a pesar de que estudios han demostrado que la satisfacción no siempre equivale a mejores resultados económicos. "Hemos convertido la vida en un proyecto de mejora ensimismado”, concluye Cederström, quien explica que la salud se ha vinculado a la clase social, lo que amplifica las diferencias en el acceso a estos estándares.
La búsqueda constante de felicidad perpetúa un ciclo donde el valor personal se mide a través del bienestar, dejando en evidencia una creciente desigualdad en términos de expectativas sociales.
Con información de clarin.com

