El consumo de tabaco, incluyendo el pasivo y durante el embarazo, está vinculado a daños irreversibles en la audición, aumentando el riesgo desde la infancia hasta la vejez.
El consumo de tabaco, tanto activo como pasivo, representa un factor de riesgo significativo para la salud auditiva en toda la vida. Diversas investigaciones revelan que fumar incrementa notablemente las probabilidades de desarrollar pérdida de audición, debido a los efectos nocivos del tabaco sobre los vasos sanguíneos y el sistema nervioso, que afectan las delicadas estructuras del oído interno. Los efectos se evidencian en edades tempranas, donde niños expuestos al humo tienen mayor predisposición a infecciones en el oído medio que pueden derivar en pérdida auditiva persistente.
Además, la exposición laboral a ruidos intensos combinada con el tabaco aumenta aún más la vulnerabilidad auditiva en adultos. Un estudio en el Reino Unido demostró que el 64% de fumadores en ambientes ruidosos presenta algún grado de daño auditivo, frente al 18% en no fumadores. La misma relación se confirma con el tabaquismo pasivo, ya que convivir con fumadores eleva hasta el doble la probabilidad de sufrir pérdida auditiva, incluso en quienes no fuman.
El impacto del tabaco también se extiende al embarazo: las embarazadas fumadoras tienen hijos con un riesgo tres veces mayor de presentar problemas auditivos en su adolescencia, con daños que pueden progresar con el tiempo. La evidencia indica que estos efectos son irreversibles, resaltando la importancia de adoptar medidas preventivas, como abandonar el consumo de tabaco y proteger los oídos en ambientes ruidosos, para mantener una buena salud auditiva a largo plazo.
