Unos 27 millones de peruanos se preparan para elegir al nuevo presidente, quien asumirá el cargo el 28 de julio. En esta ocasión, Keiko Fujimori se enfrenta a Roberto Sánchez en un ambiente de desilusión política, donde muchos electores se preguntan si aún puede considerarse un "mal menor" tras años de crisis gubernamental.
Fujimori y Sánchez avanzaron a esta segunda vuelta tras obtener el 17% y el 13% de los votos, respectivamente, en la primera vuelta. La fragmentación política en el país es evidente, y las encuestas muestran a Fujimori levemente favorecida. Sin embargo, el margen de error de estas encuestas sugiere que las posibilidades de un resultado sorpresivo siguen latentes, especialmente considerando el 20% del electorado que podría optar por anular su voto o no participar.
El rechazo a la política se manifiesta como un tema recurrente, alimentado por las constantes crisis que han generado un ciclo de presidentes destituidos. La inestabilidad ha llevado a que figuras como Pedro Pablo Kuczynski y Manuel Merino dejen el poder en medio de escándalos. La situación actual es crítica, ya que José María Balcázar, el presidente provisional, se suma a la lista de líderes en crisis.
La desaprobación del Congreso es manifiesta, con solo un 1% de aprobación entre la población. Esto ha propiciado un entorno donde la política se percibe como un juego entre elites. Fujimori representa una continuidad del autoritarismo, mientras que Sánchez, a pesar de su promesa de moderación, enfrenta el estigma de la izquierda a la que se le asocia.
La violencia urbana también ha aumentado en los días previos a la elección, obligando al gobierno a prorrogar el estado de emergencia en varias regiones. Esta situación agrava la percepción de vulnerabilidad entre la ciudadanía, afectada por la pobreza que afecta a cerca de nueve millones de personas. La elección se presenta así como una oportunidad determinante para el futuro del país en medio de desafíos sociales y políticos.
Con información de elperiodicodearagon.com

