Las fuerzas aéreas occidentales han establecido su operativa en grandes centros de mando organizados durante más de tres décadas. Este modelo funcionó eficazmente en conflictos anteriores, pero actualmente enfrenta desafíos significativos debido al avance de misiles y drones de potencias como Rusia y China.
Sir John Stringer, vicecomandante supremo aliado de la OTAN en Europa, ha enfatizado la necesidad urgente de cambiar este enfoque. Asegura que los sistemas de mando centralizados, popularizados en la Guerra del Golfo de 1991, ya no son viables, pues dejan vulnerables a las fuerzas occidentales ante ataques estratégicos.
La centralización de operaciones en bases como Ramstein y Lakenheath ha facilitado la coordinación, pero también presenta un riesgo. Un adversario que localice y ataque eficientemente estas instalaciones puede debilitar significativamente la capacidad militar de la OTAN con pocos golpes bien planificados.
La experiencia de Ucrania desde la invasión rusa en 2022 ha sido crucial en esta reflexión. Las fuerzas ucranianas han adoptado una estrategia dispersa para proteger sus activos, variando constantemente la ubicación de sus aeronaves y centros de mando, enfatizando la movilidad como clave para la supervivencia en combate.
Stringer plantea que la OTAN debe evolucionar hacia una estructura más distribuida, asignando el mando a múltiples bases y unidades conectadas. Aunque este modelo puede aumentar la complejidad operativa, su implementación es considerada vital ante el contexto actual de amenazas.
Ante esto, la OTAN está realizando ejercicios para probar nuevos métodos de operación. Sin embargo, la percepción de seguridad en sus bases ha cambiado drásticamente, y surge la conclusión de que los antiguos centros de mando podrían convertirse en un peligro en futuros conflictos.
Con información de huffingtonpost.es

