Las ciudades a menudo se enorgullecen de sus logros visibles: puentes, edificios y economías florecientes. Sin embargo, el verdadero crecimiento se edifica sobre una base más sólida: las instituciones. Estas entidades, aunque imperfectas y cambiantes, son fundamentales para el desarrollo y la cohesión social.
Recientemente, el Instituto México de Tijuana celebró su 60 aniversario. Esta cifra revela no solo el paso del tiempo, sino el impacto transformador que ha tenido en generaciones. Miles de estudiantes han pasado por sus aulas y han emergido como profesionales, líderes y miembros activos de la sociedad.
En la actualidad, existe una tendencia alarmante que asocia el valor únicamente con el rendimiento económico. Sin embargo, es crucial reconocer que aspectos como la educación, la amistad y la familia requieren tiempo y esfuerzo para florecer. El valor de un maestro o el de una amistad forjada en la infancia trasciende cualquier métrica económica.
Frecuentemente delegamos la responsabilidad de cuidar nuestros entornos a otros, creyendo que ellos se encargarán. Pero la realidad es que los tesoros sociales se desvanecen cuando asumimos que "alguien más" los protegerá. La verdadera prueba de una institución radica en la conexión continuada que su comunidad mantiene a lo largo de los años.
Tras seis décadas, el Instituto México sigue siendo un refugio para sus exalumnos, quienes regresan no solo para rememorar su pasado, sino para reafirmar su identidad. Su continuidad demuestra que, más allá de ser un lugar físico, ha cultivado un sentido de pertenencia que perdura en el tiempo. Confiar y recurrir a esta institución es reconocer la importancia de lo que se ha construido junto a ella.
Con información de elimparcial.com

