Grisén, Aragón. – En 1119, el rey Alfonso I, El Batallador, reconquistó Grisén a los musulmanes, un evento que marcaría el inicio de un nuevo orden político y social. Aunque la población musulmana no abandonó sus hogares, la normativa cambió, favoreciendo a los cristianos en el ámbito jurídico.
Las Órdenes Militares jugaron un papel fundamental en este proceso. Estas organizaciones, formadas por monjes-soldados, fueron clave en la defensa de la fe cristiana. La Orden de San Juan de Jerusalén, que se destacó en la región, se estableció en Grisén poco después de la reconquista y recibió tierras del rey Alfonso II en 1177.
La llegada del Hospital a Grisén en 1144 marcó el comienzo de una prosperidad notable en la zona. La Orden no solo se dedicó a labores espirituales, sino también a proyectos agrícolas e hidráulicos, convirtiéndose en una de las instituciones más influyentes del Bajo Jalón. Los bienes adquiridos les permitieron expandir su influencia desde Épila hasta las riveras del Ebro.
Entre 1189 y 1250, las donaciones a la Orden en Grisén se convirtieron en algo habitual. Estas ofrendas, en muchos casos realizadas por mujeres en situaciones vulnerables, fueron una forma de asegurar la prosperidad de la comunidad. La extinción de la Orden del Temple en el siglo XIV enriqueció aún más a la Orden de San Juan, que se adaptó y se enfocó en sus actividades espirituales y económicas.
A lo largo de los años, la Orden de San Juan de Jerusalén mantuvo su relevancia en Grisén y Aragón, consolidándose como un pilar en la transición hacia una sociedad cristiana predominante. Su legado sigue presente en la historia de la región.

