La ausencia de oportunidades y la inseguridad en las escuelas propician que menores sean reclutados por grupos criminales, agravando la violencia en el país.
La realidad de México evidencia que la participación de menores en actividades delictivas responde en gran medida a una serie de carencias sociales y educativas. La falta de acceso a deporte, cultura, empleo y servicios de salud emocional deja a muchos jóvenes vulnerables a ser reclutados por cárteles de droga que ofrecen protección económica y un sentido de pertenencia. La insuficiencia de programas sociales y la inseguridad en muchas instituciones educativas colabora en este panorama oscuro, donde más de 650 mil estudiantes abandonaron sus estudios en un solo año y otros enfrentan ambientes controlados por bandas criminales. La situación revela que muchos adolescentes no nacen homicidas, sino que son víctimas de un sistema que no logra atender sus necesidades fundamentales. La creciente participación juvenil en el crimen refleja un Estado que ha fallado en brindarles alternativas reales de desarrollo, permitiendo que la violencia siga escalando. La conexión entre abandono escolar, pobreza y reclutamiento forzado indica que solo una inversión integral en prevención y en la mejora de las condiciones sociales podrá revertir esta tendencia.
