A pesar del aumento del salario mínimo, la situación financiera del país revela un deterioro en finanzas públicas que amenaza su estabilidad y bienestar social. México enfrenta una difícil encrucijada económica que va más allá de los incrementos nominales en el salario mínimo. Aunque las cifras oficiales muestran avances en los sueldos, la realidad de las finanzas públicas evidencia una profunda crisis que compromete la estabilidad nacional. La inflación se mantiene controlada, pero la desfinanciación del Estado, reflejada en un déficit fiscal proyectado en 3.9% del Producto Interno Bruto para 2025, marca un nivel no visto desde hace casi dos décadas. Este escenario se agrava por el aumento de la deuda pública, que ya supera el 51% del PIB, alejándose de la media de países emergentes y poniendo en riesgo la sustentabilidad fiscal. Uno de los principales desafíos radica en la estructura tributaria del país. La recaudación se mantiene estancada en torno al 24% del PIB, sin reformas significativas que impulsen un ingreso fiscal progresivo o combatan los privilegios fiscales existentes. La tendencia a gastar en transferencias electorales y programas sociales sin evaluaciones efectivas agrava la situación, generando una dependencia insostenible del financiamiento externo y de la deuda. Es importante entender que, aunque el aumento del salario mínimo busca mejorar las condiciones de los trabajadores, no puede ser un remedio a una problemática fiscal que requiere reformas profundas. El incremento en los gastos de protección social debe ir acompañado de esfuerzos para fortalecer los ingresos del Estado, implementar una política fiscal más equitativa y reducir la evasión tributaria. De no actuar con urgencia, México podría enfrentarse a un deterioro aún mayor en sus finanzas públicas, poniendo en riesgo el bienestar social que hasta ahora se ha sustentado mediante promesas y simulaciones. El escenario actual advierte que la crisis presupuestal no es un problema futuro, sino
