Ciudad de México, CDMX. - Aimé Duval, jesuita y cantautor, comparte cómo la oración nocturna vivida en su infancia le reveló la grandeza de Dios mediante experiencias familiares. En su testimonio "La prière du soir en famille", rememora la sencillez y profundidad de esos momentos compartidos en el hogar campesino de los Vosgos, Francia.
Duval, quien fue parte de una familia de nueve hermanos, pone énfasis en las prácticas religiosas cotidianas que moldearon su espiritualidad. En esos instantes al final del día, su padre, un hombre robusto y trabajador, se arrodillaba en silencio, lo que transmitía al niño un sentido de respeto por lo divino. “Mi padre se hace todo pequeño ante el Buen Dios. Realmente, el Buen Dios debe ser alguien muy grande”, afirma el jesuita sobre la lección visual que le dejó su padre.
La figura materna también dejó una profunda impresión en Duval. A pesar de no arrodillarse, su madre se sentaba con serenidad en el hogar, rodeada por sus hijos y con un bebé en brazos, manteniendo su conexión con la oración a pesar de los distracciones cotidianas. Esta imagen enseñó a Duval que la oración no requiere de formalidades, sino que se puede cultivar en la calidez de la vida diaria.
Este relato, que retoma la esencia de la fe familiar, destaca cómo los momentos simples pueden tener un impacto duradero en la comprensión de la divinidad. Así, Aimé Duval reconoce que su formación espiritual se nutría de la cercanía de sus seres queridos en actos de devoción cotidiana.
Con información de eldebate.com

