Morelia, Michoacán. - La tradición michoacana de ofrendar a los muertos, que data de mucho antes de la llegada de los colonizadores, ha experimentado transformaciones significativas a lo largo de los siglos. En Tzintzuntzan, por ejemplo, se han integrado elementos contemporáneos como refrescos y flores artificiales, reflejando el dinamismo de esta costumbre.
A medida que se acercan las festividades de Día de Muertos, los panteones de la región se llenan de actividad mientras los locales preparan sus ofrendas para honrar a sus seres queridos. Instituciones culturales, educativas y turísticas también están ultimando sus proyectos para visibilizar estas tradiciones, especialmente en la zona Lacustre de Michoacán.
Aunque la ofrenda actual tiene una antigüedad de aproximadamente 500 años, muchos reconocen rastros de rituales prehispánicos. Sin embargo, los elementos rituales han sido influenciados por prácticas comerciales y espectáculos, lo que ha llevado a transformaciones en pueblos como Tzintzuntzan, Ihuatzio y Jarácuaro, donde la tradición sigue viva y en constante evolución.
Cada año, las ofrendas presentan novedades. En Tzurumútaro, por ejemplo, los altares se preparan con elementos en la intimidad del hogar, mientras que en Ihuatzio destacan los mensajes bordados en canastas, expresando el amor hacia los difuntos. Una ofrenda reciente en honor a don Juan Cornelio Estrada reflejó elementos personales, desde su sombrero hasta sus instrumentos de música, ilustrando la conexión entre el difunto y su legado.
El 1 de noviembre, las almas de los niños y adultos que fallecieron regresan para ser recibidas con las ofrendas. Se considera que disfrutan de lo que se les ofrece, lo que al día siguiente queda sin sabor, y los oferentes suelen compartir los alimentos con sus seres cercanos. La tradición, en su esencia, busca celebrar y recordar a aquellos que han partido, adaptándose a las realidades contemporáneas sin perder su esencia cultural.
Con información de quadratin.com.mx

