La vida moderna se caracteriza por una rutina en la que las personas parecen estar constantemente encerradas. Desde la infancia, pasan por cunas y guarderías, luego a escuelas y universidades, y finalmente a trabajos en despachos y automóviles. Este ciclo puede culminar en residencias para ancianos y, al final, en ataúdes. Surge la pregunta: ¿esto es realmente vivir?
El filósofo franco-argelino Pierre Rabih comparte una anécdota que ilustra esta lucha por el tener. Muestra cómo un pescador, a pesar de no seguir un camino tradicional de éxito, está disfrutando de la vida bajo un árbol mientras otro lo presiona para que acumule riquezas. El pescador muestra que el verdadero disfrute de la vida puede encontrarse en el presente, no en la constante búsqueda de más.
La sociedad se divide en una pirámide donde en la base se ubican los peones, que constituyen alrededor del 70% de la población. Estos viven en una urgencia constante, gastando todo lo que ganan, y terminan endeudándose por productos que no necesitan. La presión del mes a mes es un factor estresante para aquellos que trabajan para sobrevivir.
En niveles superiores, los profesionales como médicos y abogados, a pesar de tener ingresos más altos, también se encuentran atrapados en un ciclo de trabajo interminable. Sus gastos crecen junto con sus ingresos, haciéndoles depender de sus empleos para mantener un estilo de vida que, irónicamente, les roba tiempo y calidad de vida.
En la cúspide de esta pirámide se encuentran los grandes empresarios y banqueros, quienes controlan capital prestado y establecen las reglas del juego. Este panorama ha sido reconocido por pensadores a lo largo del tiempo, mostrando cómo el valor de una persona se basa en lo que tiene y no en su esencia. La publicidad y el consumo moldean deseos, creando necesidades artificiales que perpetúan este ciclo, donde los individuos aprenden a desear lo que se les presenta, en lugar de elegir por sí mismos.
Con información de noticiasdenavarra.com

