La enseñanza puede transformar vidas, como lo evidencian mis experiencias en la escuela rural federal Ojo de Agua. Allí, a los 13 años, enfrenté muchos desafíos, incluidos problemas de comportamiento que desembocaron en un historial escolar complicado. En medio de este caos, dos maestros fueron fundamentales para dirigir mi rumbo académico.
El primer educador que marcó un antes y un después en mi vida fue el maestro Miguel Flores. Su presencia calmada y su estilo de enseñanza pausado nos ofrecían un espacio de comprensión y cariño. Miguel implementaba métodos innovadores que, a pesar de ser considerados poco convencionales, fomentaban el desarrollo de la lectura y la escritura en un entorno de respeto. Su dedicación a los alumnos más inquietos, como yo, era evidente en cada acción que tomaba.
Posteriormente, conocí a Esperancita Hernández, quien continuó el trabajo iniciado por Miguel. Con su impecable vestimenta y su enfoque cercano, ayudó a otros estudiantes con dificultades similares. Durante sus clases, se aseguraba de que todos comprendieran las materias abordadas, incluso llevándonos a su casa para revisar tareas y fortalecer nuestras habilidades. Esta dedicación era inusual y valiosa para aquellos de nosotros que estábamos rezagados.
Ambos, Miguel y Esperancita, no solo enseñaron materias académicas, también cultivaron en mí la pasión por la comunicación. Mi sueño de convertirme en reportero o locutor comenzó a gestarse bajo su influencia. Gracias a su orientación, pude superar mis limitaciones y asegurar un camino hacia el éxito.
Este tributo va dedicado a esos maestros que, con su entrega y humanidad, hacen una diferencia en la vida de sus alumnos. Su legado perdura en quienes tuvieron la suerte de aprender de ellos, recordando siempre que la dedicación y la pasión por enseñar pueden cambiar destinos.
Con información de zocalo.com.mx

