La reciente Declaración de los Vinos Fortificados Históricos de Europa, firmada en la última edición de Vinoble en Jerez de la Frontera, resalta la importancia de los vinos oxidativos. Vinos como amontillados, olorosos y otros, llevan consigo tradiciones que han perdurado a lo largo del tiempo y que vale la pena redescubrir.
Durante años, los vinos oxidativos fueron relegados a un segundo plano, a favor de propuestas más modernas centradas en frescura y juventud. Esta tendencia dejó de lado la complejidad y los matices que ofrecen los vinos de crianza prolongada. Volver a disfrutar de un amontillado viejo es un acto que casi se siente rebelde en la actualidad.
El impulso hacia el reconocimiento de estos vinos no solo busca preservar técnicas de elaboración, sino también resaltar un estilo de vida asociado a ellos. Las tradiciones que emergieron en regiones como Jerez, Oporto y Marsala reflejan la historia y el esfuerzo humano que se han transmitido de generación en generación.
Mientras que el canon contemporáneo de vino tiende a ver el oxígeno como un enemigo, los vinos oxidativos lo abrazan. Este enfoque transforma la oxidación en un estilo distintivo, creando sabores complejos que evocan notas de nuez, cacao y especias. Este legado ha empezado a resonar nuevamente en la cultura del vino, generando interés entre los nuevos coleccionistas y aficionados.
El regreso a la apreciación de vinos oxidativos podría ser el símbolo de una búsqueda más amplia por experiencias sensoriales ricas y significativas. Así, la historia de estos vinos nos recuerda que lo antiguo puede ser al mismo tiempo valioso y moderno, enriqueciendo nuestras sobremesas con historias y sabores que han sobrevivido la prueba del tiempo.
Con información de theobjective.com

