La construcción de 300 metros de muro en el río Santa Cruz busca cerrar una brecha en la frontera entre Sonora y Arizona, con impacto ecológico y patrimonial.
En el entorno del río Santa Cruz, ubicado en las inmediaciones del Ejido Mascareñas, avanza la edificación de una nueva sección del muro fronterizo, prevista para completar una continuidad de aproximadamente 14 kilómetros en la línea entre Sonora y Arizona. La obra, que ya cuenta con los primeros 30 metros firmemente estabilizados en el cauce, responde a la necesidad de reforzar las barreras físicas en una zona de marcado flujo migratorio y actividad transfronteriza.
Para acceder al sitio, se recorren carreteras rurales y caminos de terracería en los márgenes del río, donde aún se observan restos del antiguo cerco internacional, una barrera de rieles de tren soldados que sirvió durante décadas como protección antiblindados. La infraestructura actual reemplaza a esa barrera tradicional implementada en diferentes etapas por los gobiernos estadounidenses de Clinton, Obama, Trump y Biden, buscando mejorar la seguridad en la frontera.
El área se caracteriza por su significativo movimiento migratorio, evidenciado por objetos abandonados por quienes cruzaron en busca de vías más seguras. A unos pocos metros, se encuentra un antiguo cementerio con raíces en el periodo virreinal y los siglos XIX y XX, junto a las ruinas de una hacienda histórica que forma parte del patrimonio local.
Este proyecto también implica preocupación por su impacto ecológico. La región, hogar de especies como zorros, venados, jabalíes y aves como el correcaminos, es un corredor ecológico que se ve alterado por la infraestructura. Aunque se han anunciado medidas, como la incorporación de compuertas para permitir el paso de la fauna, la preocupación por la ruptura de rutas naturales sigue latente, afectando también espacios históricos y rurales de gran valor para la comunidad del valle de Santa Cruz.
