La inseguridad y la carga de cuidados muestran un modo de supervivencia permanente que afecta emocionalmente a las poblaciones vulnerables.
La vida diaria en México está marcada por una persistente sensación de inseguridad, incertidumbre y presión económica que afecta especialmente a las comunidades más vulnerables. Este contexto no solo representa una serie de dificultades externas, sino que crea un estado emocional en el que la vigilancia constante se vuelve la norma, haciendo del “vivir en alerta” una parte integral de la rutina.
Uno de los principales factores que perpetúan esta situación es la violencia estructural, que ha dejado de ser un hecho aislado para convertirse en un entorno que requiere atención y precauciones permanentes. Las mujeres, en particular, enfrentan una vigilancia diaria que demanda acciones como diseñar rutas seguras o desconfiar del transporte, generando un agotamiento emocional derivado de la hipervigilancia constante. Esta dinámica ha sido analizada desde el ámbito académico, resaltando cómo la violencia se ha integrado en la lógica del sistema social y económico, promoviendo un miedo que se vuelve una condición permanente en lugar de un fenómeno puntual.
A la par, el trabajo de cuidados no remunerados, realizado en su mayoría por mujeres, constituye otro eje crucial en el modo de supervivencia cotidiano. Aunque esencial para la organización social y familiar, este trabajo no recibe la atención ni el respaldo institucional que necesita, lo que provoca una sobrecarga que limita la posibilidad de descanso y planificación a largo plazo. La construcción del Sistema Nacional de Cuidados ha avanzado, pero todavía enfrenta limitaciones en infraestructura y recursos, dejando a muchas mujeres en una situación de doble vulnerabilidad: participación en un mercado laboral precario y carga de responsabilidades familiares sin apoyo suficiente.
La combinación de violencia y cuidado habitualiza el desgaste emocional y físico, haciendo que el cansancio y el estrés sean considerados normales, en un ciclo que dificulta pensar en otra forma de vivir. La socióloga Rita Segato ha señalado que esta violencia funciona como un mecanismo de control social, que disciplina y ordena conductas en las estructuras patriarcales, contribuyendo a la despolitización de este fenómeno. Para avanzar hacia una realidad diferente, es necesario fortalecer políticas públicas que frenen la violencia, mejoren el sistema de cuidados y promuevan entornos urbanos seguros, dejando atrás la idea de que vivir en constante alerta debe ser la norma.
Salir de este modo de supervivencia implica reconocer el impacto de estas dinámicas y transformar las condiciones estructurales para construir un futuro donde la tranquilidad y el autocuidado sean derechos alcanzables para todas las comunidades.
