Laura, inmigrante guatemalteca de 60 años, ha pasado cuatro décadas en Estados Unidos, donde ha aprendido a vivir con el temor constante de ser detenida por agentes migratorios. Desde su llegada a Los Ángeles, ha repetido una oración: “Dios mío, hazme invisible”, como una súplica frente a una situación incierta y aterradora.
Como tantas personas en su condición, Laura ha echado raíces en este nuevo país, formando una familia con tres hijos y cuatro nietos. La distancia de Guatemala se ha ampliado; ya no recuerda la tierra que dejó atrás. Ha vivido más tiempo en EE. UU. que en su hogar natal y ha perdido oportunidades de regresar, incluido el sepelio de su padre.
La búsqueda por un estatus legal ha sido un camino lleno de frustraciones. Después de llegar, Laura se enteró de la amnistía de 1986, pero no pudo acogerse a ella. Sus intentos de regularización mediante su hija nacida en EE. UU. han sido infructuosos, y su abogado le ha indicado que espere hasta 2029 para ver una solución efectiva.
A pesar de las adversidades, Laura ha trabajado arduamente para mantener a su familia. Ha limpiado casas y oficinas, cuidados de niños y realizado mandados. Sin embargo, su deseo de obtener un permiso para un trabajo digno sigue siendo un anhelo lejano. A menudo, ella recuerda su vida en Guatemala y los sueños que tenía al llegar a EE. UU., sueños que han sido opacados por la dureza de su realidad migratoria.
Con unas 675,000 personas indocumentadas guatemaltecas en EE. UU., Laura representa a muchos que sienten que la esperanza de un futuro mejor se desdibuja con cada año que pasa sin un estatus legal. Mientras continúa su vida en el país del norte, Laura sigue esperando un cambio que le permita vivir sin el miedo constante de ser deportada.
Con información de elpais.com

