Conoce cómo esta enfermedad potencialmente grave afecta a millones en todo el mundo y qué medidas preventivas y de diagnóstico existen hoy en día. La hepatitis C es una infección viral que afecta a una parte significativa de la población mundial, estimándose que alrededor de 58 millones de personas conviven con ella. Esta enfermedad, causada por el virus de la hepatitis C (VHC), puede permanecer en silencio durante décadas, causando daño progresivo en el hígado sin presentar síntomas claros en las etapas iniciales. La ausencia de una vacuna preventiva hace que la detección temprana y el tratamiento sean fundamentales para evitar complicaciones graves como cirrosis y cáncer hepático. El virus se transmite principalmente a través del contacto con sangre infectada, siendo las transfusiones realizadas antes de 1992 y el uso compartido de agujas las principales vías de contagio. Otros factores de riesgo incluyen procedimientos médicos no higienizados y prácticas de riesgo en el consumo de drogas intravenosas. La enfermedad evoluciona en fases: una etapa aguda, donde en algunos casos el organismo elimina el virus espontáneamente, y una fase crónica que puede durar décadas, incrementando el riesgo de daño hepático avanzado si no se detecta y trata a tiempo. Los síntomas en etapas tempranas suelen ser leves o inexistentes, pero a medida que progresa, pueden manifestarse ictericia, acumulación de líquidos en el abdomen y confusión mental. La detección se realiza mediante análisis de sangre que identifican anticuerpos y cargas virales, y el tratamiento actual con antivirales de acción directa ha revolucionado las perspectivas de curación, logrando tasas superiores al 95%. Aunque no existe vacuna, la prevención consiste en evitar el contacto con sangre contaminada y practicar hábitos higiénicos. Reconocer la importancia de estas medidas y acudir a diagnósticos oportunos permite controlar esta enfermedad que, a pesar de su gravedad potencial, es completamente curable cuando se
