Cada año, varias familias participan en una tradición para honrar a los niños fallecidos, compartiendo dulces y adornos en los cementerios de la Ciudad de México.
En el Panteón San Isidro, ubicado en la alcaldía Azcapotzalco de la Ciudad de México, la celebración del Día de Muertos adquiere un sentido profundo y comunitario. Cada 31 de octubre, familias como la Nava transforman su dolor en una tradición que busca mantener viva la memoria de los niños fallecidos, especialmente aquellos cuyos restos descansan en esa zona. Desde hace cinco años, Miriam Nava, su hermana Vanessa y su madre Mariana visitan la tumba de Romina, su hija que falleció en el vientre materno, para regalarle dulces y adornos, y extender esa muestra de cariño a otros niños sepultados allí. La familia también realiza labores de limpieza y colocación de flores en tumbas que en muchas ocasiones permanecen desatendidas, promoviendo así una comunidad de apoyo y recuerdo. Esta costumbre refleja la importancia cultural del día, donde el vínculo espiritual y el respeto por los menores perdura en los corazones de quienes participan. La tradición también ayuda a visibilizar el duelo y a honrar la memoria de los pequeños, fortaleciendo la importancia de la empatía y la solidaridad en torno a la pérdida infantil.
