La pérdida de comida en diferentes etapas de la cadena de suministro contribuye a la emisión de gases de efecto invernadero, impactando el cambio climático en el país. La cantidad de gases contaminantes generados por los alimentos desechados en México equivale a las emisiones de la flota vehicular de las grandes metrópolis del país, como la Ciudad de México y Monterrey. Este desperdicio, que comprende desde el campo hasta los hogares, libera metano, un gas cuyo potencial de calentamiento global es 28 veces mayor que el dióxido de carbono, agravando la crisis climática. A nivel mundial, la pérdida de alimentos aporta cerca del 10% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero y el 20% de las emisiones de metano, lo que subraya la urgencia de reducir este fenómeno. Expertos señalan que la mayor parte del desperdicio acontece en los extremos de la cadena alimentaria: en la producción agrícola —donde se pierden cosechas y se almacenan ineficientemente— y en los hábitos de consumo. Las decisiones diarias de los consumidores, como compras impulsivas, sobrepreparación de alimentos o el rechazo a frutas y verduras defectuosas, agravan el problema. Además, muchas veces, productos perecederos se desechan simplemente porque no se consume a tiempo, alimentando un ciclo de pérdidas económicas y ambientales. Una organización dedicada a combatir este problema mediante plataformas digitales reveló que la mayor parte del desperdicio en México se debe a alimentos que se descomponen antes de su uso, seguidos por aquellos que se cocinan en exceso y dejan caducar. La problemática requiere de acciones coordinadas para disminuir las emisiones y promover un consumo más responsable y sostenible.
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