Ciudad de México. – En los últimos años, el número de mujeres emprendedoras en México ha mostrado un incremento notable, según datos del Inegi y el Global Entrepreneurship Monitor. Este crecimiento representa no solo un aumento en los negocios dirigidos por mujeres, sino un cambio significativo en la manera en que construyen su futuro económico.
Las razones detrás de este fenómeno son diversas. Un grupo importante de mujeres con hijos medianos o grandes ha encontrado en el emprendimiento una forma de generar ingresos y continuar su desarrollo profesional, ya que volver al empleo tradicional presenta desafíos como rigidez horaria y expectativas salariales. Así, emprender se convierte en una opción viable para equilibrar la vida personal y laboral.
Asimismo, muchas mujeres jóvenes han comenzado a emprender con la perspectiva de que el matrimonio no garantiza la estabilidad financiera. Han observado cambios en la dinámica familiar y laboral, por lo que buscan la independencia económica como un medio de seguridad personal. Para ellas, iniciar un negocio es una insensatez; representa una decisión consciente y proactiva.
Un aspecto relevante es que muchas emprendedoras son de primera generación. No crecieron en entornos donde existieran antecedentes de negocios familiares, lo que las impulsa a buscar conocimiento y apoyo. La capacitación, las redes de contacto y los espacios de aprendizaje son esenciales para su éxito, ya que los desafíos son diferentes de los que enfrentan los hombres en el mismo ámbito.
A través de mi experiencia en coaching, he observado que las emprendedoras suelen mostrar una gran capacidad para identificar necesidades reales. Muchas de ellas desarrollan negocios que responden a carencias específicas de otras mujeres y comunidades, creando así productos y servicios con resonancia emocional y social. Esta conexión es clave para su crecimiento y el impacto que logra su trabajo.

