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Captura de Maduro: El colapso de la izquierda latinoamericana

La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y Cilia Flores por fuerzas de EE.UU. marca el fin del chavismo y expone vulnerabilidades en el bloque de izquierda latinoamericana, afectando la seguridad, economía y diplomacia de la región.

Por Redacción3 min de lectura
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Ciudad de México, Nacional. – La madrugada del 3 de enero de 2026 marcó un punto de inflexión geopolítico con la culminación de la Operación Resolución Absoluta de Estados Unidos, resultando en la captura y extracción del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Este evento no solo significó el fin del chavismo, sino que también expuso las fragilidades estructurales y el desmantelamiento de la arquitectura de seguridad del bloque de izquierda latinoamericana.

La operación militar estadounidense, caracterizada por su precisión, incluyó ataques aéreos en Caracas, Miranda, Aragua y La Guaira. El presidente Donald Trump, desde Mar-a-Lago, anunció que Estados Unidos asumiría la administración de Venezuela hasta lograr una transición adecuada, designando un equipo de transición. Este hecho desafió los principios de soberanía y no intervención en la diplomacia latinoamericana.

La captura de Maduro fue la culminación de una estrategia de máxima presión que desarticuló las defensas diplomáticas, económicas y militares de Venezuela, dejando a sus aliados regionales sin capacidad de respuesta. A pesar de los intentos de mediación por parte de líderes como Luiz Inácio Lula da Silva y Gustavo Petro, la diplomacia latinoamericana demostró ser ineficaz frente al poder militar estadounidense.

La intervención militar impactó significativamente la seguridad fronteriza de Colombia, la viabilidad energética de Cuba y la credibilidad de mecanismos de integración como la CELAC. La fragil recuperación económica de Venezuela en 2025, impulsada por una leve reactivación petrolera y la dolarización, quedó expuesta como altamente dependiente de la tolerancia occidental.

La captura de Maduro aceleró la fragmentación de la izquierda latinoamericana. Los gobiernos de Cuba, Nicaragua y Bolivia, considerados la “izquierda dura”, enfrentan una vulnerabilidad existencial ante la pérdida de su principal aliado financiero y retórico. La reacción de Cuba, calificando el hecho de “terrorismo de estado”, reflejó el pánico estratégico ante la interrupción del suministro energético. Nicaragua, por su parte, pierde a su principal aliado, quedando expuesto a una presión hemisférica coordinada.

El bloque progresista, que incluye a Brasil, Colombia, Chile y México, enfrenta un dilema de soberanía. Si bien no dependían económicamente de Venezuela, su proyecto de integración regional autónoma ha sido gravemente herido. Brasil y Colombia, en particular, ven comprometido su liderazgo y su iniciativa de “Paz Total”, respectivamente, ante la imposibilidad de mediar o controlar la inestabilidad generada en la frontera compartida.

Los mecanismos de integración como la CELAC y Unasur mostraron serias debilidades, mientras que la OEA emerge como el foro diplomático para gestionar la transición, alineándose con los intereses de Washington. La intervención estadounidense y el control sobre PDVSA anulan el proyecto Petrocaribe, reconfigurando radicalmente el mapa energético regional y forzando al Caribe a negociar el suministro con una administración venezolana controlada por Estados Unidos.

La crisis energética en Cuba se agrava drásticamente, con el cese casi total del suministro subsidiado de petróleo venezolano, amenazando la estabilidad social de la isla. Brasil ve su deuda con Venezuela relegada ante la prioridad de pago a acreedores occidentales y petroleras estadounidenses, mientras que China y Rusia enfrentan riesgo directo sobre sus inversiones.

En Colombia, la “Paz Total” de Gustavo Petro se ve severamente amenazada por la pérdida de la retaguardia estratégica del ELN y las disidencias de las FARC en Venezuela. El “efecto cucaracha” y el colapso de la negociación política son consecuencias inmediatas, sumado al riesgo de revelaciones sobre vínculos comprometedores entre políticos colombianos y el régimen chavista. La frontera colombo-venezolana se perfila como una zona de alta tensión militarizada.

Se vislumbran tres escenarios: la gran fractura y el realineamiento pragmático, la radicalización y la fragmentación de la izquierda, o el efecto dominó y el ocaso de la izquierda con un nuevo ciclo conservador hegemónico. Figuras como María Corina Machado y Edmundo González Urrutia son clave en la transición venezolana, la cual presenta fricciones con la postura de Estados Unidos respecto al control y plazos de la administración.

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