Una ballena gris emerge brevemente en la Bahía de San Francisco, una señal de alerta ante la creciente presencia de este cetáceo en rutas marítimas congestionadas. La situación se ha vuelto crítica; en 2025, se reportaron 21 ballenas muertas en la zona, muchas debido a colisiones con embarcaciones. Este año, ya han sido siete las víctimas, lo que resalta el impacto del cambio climático en sus rutas migratorias tradicionales.
Los cambios ambientales han trastocado la disponibilidad de alimento en las zonas de migración, llevando a estos animales a buscar refugio en lugares inseguros. La falta de hielo marino en el Ártico ha obligado a las ballenas a hacer paradas inesperadas, siendo la Bahía de San Francisco una de ellas. Esto crea un riesgo considerable, ya que el tráfico marítimo incluye diversos barcos, desde ferris hasta cargueros, lo que complica su supervivencia.
La situación ha generado alarma entre científicos y organismos de conservación. En respuesta, se ha implementado una innovadora tecnología de monitoreo que combina cámaras térmicas y software de inteligencia artificial para detectar la presencia de ballenas. Este sistema verifica alertas en tiempo real y notifica a los navegantes, buscando prevenir colisiones y reducir la mortalidad de la especie.
Aunque la tecnología ofrece una solución temporal, no aborda el cambio fundamental que afecta a los océanos. La población de ballenas grises ha disminuido drásticamente en los últimos años, con algunas estimaciones que sugieren que casi la mitad ha desaparecido en una década. Los expertos advierten que, sin cambios estructurales en la conservación marina y en la gestión del tráfico marítimo, el futuro de estas ballenas sigue siendo incierto.
La instauración de este sistema de vigilancia es un primer paso, pero la lucha por la conservación de las ballenas grises requiere un enfoque más integral que contemple la salud del océano y la gestión del tráfico marítimo.
Con información de abc.es

