La violencia de género en forma de acoso callejero se normaliza en diversas comunidades de México. Un caso representativo es el de Ana, quien a sus 17 años vivió un episodio escalofriante en su camino a la preparatoria. Cada encuentro con un vecino que la acosaba se volvió más inquietante, culminando en una agresión que la dejó marcada emocionalmente.
Expertos en derechos humanos subrayan que estos actos han sido comúnmente minimizados, confundidos con halagos inofensivos. Sin embargo, reconocen que el consenso sobre la gravedad del acoso callejero ha crecido. Esta violencia no solo afecta la integridad de las víctimas, sino que también restringe su libertad de movimiento y acceso a los espacios públicos.
Las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía revelan que una proporción considerable de mujeres, incluso menores de edad, son víctimas de acoso. Las encuestas indican que aproximadamente el 20% de las mujeres en la Zona Metropolitana de Guadalajara ha enfrentado situaciones de acoso en entornos públicos, aunque la cifra real podría ser mayor debido a la baja tasa de denuncias.
Ana, tras su experiencia, intentó buscar ayuda a través de instituciones, pero fue desalentada por la falta de seriedad en el tratamiento de su caso. Este patrón se repite entre muchas víctimas que, al enfrentarse a las autoridades, son revictimizadas o encuentran un ambiente que no les brinda el apoyo necesario. Esto resalta la desconfianza hacia los sistemas que deberían protegerlas.
El marco legal en Jalisco no contempla un delito específico para el acoso callejero, aunque algunas conductas pueden ser abordadas bajo otras leyes relacionados al abuso y el acoso. La falta de un tipo penal claro complica aún más la persecución de estos delitos. A pesar de que se han implementado sanciones a nivel municipal, persiste la dificultad de sobrellevar el proceso judicial, sumándose a las historias de silencio y miedo que enfrentan tantas mujeres.
Con información de milenio.com

