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Inversión pública en energía, principales riesgos y desafíos

** Análisis de los principales riesgos y desafíos que enfrenta México en la inversión pública en energía para promover un sector más eficiente y responsable.

Por Redacción5 min de lectura
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Análisis de los obstáculos que enfrenta México en la inversión energética pública

Una gestión responsable, transparente y fundamentada en evidencia resulta esencial para garantizar que las inversiones públicas en energía tengan un impacto efectivo en el bienestar colectivo, sin poner en riesgo la estabilidad financiera ni el desarrollo del país en un contexto global de cambios constantes.

Durante la década actual, México ha destinado entre 60 y 70 mil millones de dólares en el sector energético, de los cuales el 90% corresponde a capital público y solo el 10% a inversión privada. Esta cifra refleja el esfuerzo del país por fortalecer su matriz energética, pero también pone de manifiesto la importancia de entender los riesgos asociados a tales inversiones.

Es fundamental comprender que uno de los principales riesgos en la inversión pública en energía radica en la posibilidad de sobrecostos o desviaciones presupuestales. Los proyectos pueden requerir recursos adicionales debido a imprevistos como variaciones en los precios de materiales, fluctuaciones en la tasa de cambio, retrasos en la construcción o problemas logísticos y ambientales. Cuando los costos reales superan las estimaciones iniciales, se corre el riesgo de desviar recursos destinados a otros sectores sociales prioritarios, lo cual puede afectar la calidad de vida y los servicios básicos para la población.

Asimismo, los proyectos energéticos suelen ser de gran escala y de largo plazo, lo que incrementa la incertidumbre respecto a los retornos de inversión. Un análisis financiero inadecuado puede dejar a las entidades públicas con activos subutilizados, devaluados o, en el peor caso, inviables, generando pérdidas económicas considerables y afectando la confianza en la gestión de recursos públicos.

La inversión en energía también está sometida a presiones políticas y cambios en las prioridades del gobierno. Es común que estos proyectos se utilicen como instrumentos de imagen o propaganda, estableciendo metas poco realistas o acelerando procesos sin la debida planificación técnica. Cuando se producen cambios en la administración pública, los proyectos pueden detenerse, modificarse o incluso cancelarse, lo que provoca pérdidas económicas y una percepción de inseguridad entre las entidades financieras y calificadoras.

El riesgo de corrupción, conflictos de interés y manejo opaco de los recursos es otra problemática relevante, especialmente en proyectos que carecen de una planeación adecuada. La ausencia de mecanismos sólidos de rendición de cuentas y supervisión independiente puede convertir estos proyectos en focos de irregularidades y desvío de fondos, causando daños patrimoniales que en muchos casos son irreparables y que dependen de una gestión eficiente del órgano de fiscalización, que en última instancia recae en el organismo de auditoría superior del país.

Otra consideración importante es la rápida evolución tecnológica en el sector energético. La inversión en tecnologías específicas, si no se realiza con una visión de actualización continua, puede volverse obsoleta en pocos años. Esto genera activos varados y pérdidas económicas, por lo que resulta imprescindible apostar por una renovación constante y una planificación que contemple cambios en las tecnologías emergentes para mantener la competitividad del país.

Cualquier fallo tecnológico puede traducirse en retrasos operativos, aumento de costos o menores beneficios de los proyectos. Por ello, las regulaciones y leyes deben adaptarse de manera continua, basándose en criterios técnicos y no políticos, con órganos reguladores capaces de entender y aplicar los cambios geopolíticos y del mercado interno, considerando la demanda y el consumo en el mediano y largo plazo.

El sector energético depende en gran medida del mercado de consumo, que incluye ámbitos comercial, industrial y domiciliario, cada uno con características distintas y en constante cambio. Actualmente, ningún país goza de plena soberanía energética, ya que muchos solo han logrado reducir su dependencia de otras naciones para garantizar el suministro a sus mercados. Por ello, todos están expuestos a la volatilidad de los precios internacionales de combustibles, cambios en la demanda y la entrada de competidores privados o internacionales. Una disminución en los precios de la energía puede reducir los ingresos previstos y hacer inviables ciertos proyectos públicos, mientras que la apertura a la competencia, reformas regulatorias o incorporación de nuevas tecnologías pueden desplazar modelos tradicionales, poniendo en duda la viabilidad financiera de la inversión pública en proyectos que no consideren las tendencias futuras.

El uso de recursos públicos conlleva una responsabilidad ética y social significativa. Una gestión deficiente, accidentes, impactos ambientales negativos o escándalos de corrupción pueden dañar de manera irreversible la imagen de las instituciones responsables y de los tomadores de decisiones, disminuyendo la confianza pública y dificultando la atracción de nuevas inversiones en el sector.

Diversos análisis comparativos de países con inversión pública en energía revelan algunos retos que también afectan a México. Entre ellos, destaca la desviación presupuestal, ya que los costos reales a menudo superan ampliamente las estimaciones iniciales debido a errores en la planeación, inflación o cambios en las tecnologías. Además, el endeudamiento público puede ser elevado en proyectos de gran escala, ya que estos requieren financiamiento externo que incrementa la deuda nacional, afectando otros sectores prioritarios como salud y educación.

Otro riesgo importante es la aparición de activos varados, resultado de cambios tecnológicos o de mercado que vuelven obsoletas infraestructuras antes de que finalice su ciclo de vida útil, dejando inversiones millonarias sin posibilidad de recuperación. La mala gestión de recursos también puede generar fuga de fondos, favoreciendo la corrupción, el favoritismo y la ineficiencia en la asignación y ejecución de los recursos públicos.

Para reducir estos riesgos, es imprescindible realizar estudios de factibilidad técnica, financiera, social y ambiental antes de aprobar inversiones relevantes. Los procesos de licitación y contratación deben ser transparentes, acompañados de mecanismos sólidos de supervisión y auditoría autónoma que aseguren la correcta aplicación de los recursos.

Asimismo, diversificar las fuentes de energía y evitar la dependencia de una sola tecnología o proveedor puede reducir la vulnerabilidad ante cambios en el mercado internacional. Es recomendable establecer sistemas de monitoreo y evaluación continua, que permitan identificar desviaciones a tiempo y corregirlas, además de realizar auditorías en periodos más cortos para mantener el control sobre los proyectos.

El fortalecimiento de los marcos regulatorios y de gobernanza es clave para garantizar la rendición de cuentas y la integridad institucional, asegurando que el gasto público en energía sea eficiente y responsable. La capacitación del personal público en gestión de proyectos, análisis de riesgos y mejores prácticas internacionales, ajustadas a las condiciones geopolíticas, resulta también fundamental para mejorar la eficiencia del sector.

Por otra parte, es probable que en 2026 el presupuesto destinado al sector energético sea igual o menor, debido a la política de reducir el déficit presupuestal y al aumento de recursos destinados al desarrollo social, en particular a programas de apoyo que podrían alcanzar un billón de pesos, cifra similar al gasto en energía. Para asegurar un futuro sostenible en la energía, es necesario implementar estrategias que aborden estos desafíos y promuevan una gestión más eficiente y adaptada a las condiciones actuales y futuras del mercado.

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