Trump redefine el enemigo hemisférico con enfoque en crimen organizado, alterando la percepción de soberanía y seguridad regional.
El concepto de la Doctrina Monroe ha evolucionado significativamente desde su origen, que buscaba bloquear la expansión del comunismo en América. Hoy, esta estrategia se ajusta para enfrentarse a una nueva amenaza: los cárteles de drogas y las organizaciones criminales transnacionales.
Originalmente, la doctrina estableció que ninguna potencia europea podía intervenir en las Américas, justificando en su momento las intervenciones estadounidenses para frenar influencias externas. En el siglo XX, adquirió una connotación ideológica, justificando golpes de Estado y financiamiento de grupos políticos en países latinoamericanos bajo la bandera de la seguridad hemisférica.
Con la llegada de la administración de Donald Trump, la narrativa cambia de enemigo. Ya no se trata de ideologías rivales, sino de actores no estatales como los cárteles mexicanos y colombianos. La lucha contra el narcotráfico, en particular el tráfico de fentanilo, ocupa ahora el centro del discurso, presentándose como una crisis urgente que amenaza la seguridad interna del país.
Este cambio en la percepción de la amenaza tiene profundas implicaciones políticas. Cuando se afirma que un país no controla su territorio, se deja la puerta abierta a una intervención más flexible. La soberanía, en este contexto, se vuelve un factor negociable. La intervención, que antes era vista como una violación, ahora se legitima como una respuesta necesaria ante la gravedad del crimen organizado.
El enfoque no solo es regional; se extiende a otros frentes geopolíticos. En América del Sur, la narrativa combina la restauración del orden democrático con el control de recursos naturales estratégicos. En el Atlántico, la seguridad se justifica por intereses en minerales críticos y competencia con potencias rivales. En México, la prioridad es erradicar a los cárteles para proteger a Estados Unidos de la violencia y el consumo de drogas.
Sin embargo, el diagnóstico sobre la magnitud del problema es preciso. El narcotráfico, la violencia y el control territorial de los cárteles evidencian un Estado fallido en muchas regiones. La estrategia de Trump, en cambio, evita soluciones colaborativas y apuesta por acciones unilaterales, presión y, en casos extremos, el uso de la fuerza.
Este regreso a la ideología original de la Doctrina Monroe no implica una norma formal; se trata de un relato que legitima cualquier acción bajo la excusa de proteger intereses nacionales. Antes, la justificación era frenar una ideología; ahora, eliminar actores criminales. La retórica del ataque preventivo refuerza la percepción de inseguridad y la necesidad de una política exterior más agresiva.
Para México, esta reinterpretación es delicada. La cooperación contra el crimen organizado ha sido un eje de relaciones bilaterales, aunque con tensiones. Convertir la lucha en una excusa para acciones extraterritoriales puede poner en jaque el equilibrio que ambos países han construido. Es vital mantener una postura diplomática sólida y basada en la legalidad.
El mayor riesgo de esta reinterpretación radica en su normalización. Hoy son los cárteles, pero en el futuro puede ser cualquier otra problemática — migración, recursos hídricos, energía — utilizada como justificación para intervenciones o políticas de control. La historia muestra cómo las narrativas de seguridad shiftaron del ideal de cooperación a la búsqueda unilateral de soluciones drásticas.
Este cambio de paradigma impone un reto a la comunidad internacional y a los países de la región. La importancia de fortalecer las instituciones, promover cooperación efectiva y respetar soberanías nunca ha sido tan evidente. La política basada en amenazas puede ser efectiva en el corto plazo, pero alimenta conflictos y desestabiliza la región a largo plazo.
El escenario actual revela una política de seguridad que se apoya en la reinterpretación de una doctrina histórica, adaptada a tiempos modernos y amenazas no estatales. La clave será cómo los países gestionan esta narrativa sin sacrificar su soberanía ni prolongar conflictos innecesarios. La estrategia debe centrarse en soluciones duraderas y en la cooperación multilateral efectiva para enfrentar estos desafíos.
