La venta parcial de Nucleoeléctrica y el freno a proyectos clave evidencian un cambio en la política nuclear argentina, con implicaciones económicas y geopolíticas.
El gobierno de Javier Milei dio inicio a un proceso de privatización parcial de Nucleoeléctrica Argentina, la empresa responsable de las centrales Atucha I, Atucha II y Embalse, que suministran más del 7% de la electricidad del país. La medida permite vender el 44% del paquete accionario y transferir un 5% a los empleados, mientras que el Estado mantiene la mayoría accionaria. La justificación oficial señala que la iniciativa busca diversificar riesgos; sin embargo, en el sector nuclear se percibe como un golpe al plan nacional, pues la privatización no solo altera la estructura de la compañía sino que también frena avances cruciales en la tecnología y la producción nuclear.
Uno de los principales antecedentes es la paralización del reactor modular CAREM, diseñado por la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), considerado único prototipo en construcción en América Latina. Además, se ha pospuesto la construcción de una cuarta central nuclear con financiamiento chino y se han reducido las inversiones en minería de uranio, enfocado ahora en exportación de materia prima. Estos cambios responden, en parte, a una alineación con las políticas energéticas de Estados Unidos, que promueve el desarrollo de Reactores Modulares Pequeños (SMR, por sus siglas en inglés), considerados complementarios a las plantas tradicionales.
La tensión en el sector se refleja en las declaraciones de expertos. Mientras algunos sostienen que proyectos como el CAREM aún tienen potencial y ventajas, otros argumentan que la tecnología actual está obsoleta y no es viable a nivel comercial. Esta postura ha generado rechazo entre quienes defienden la importancia de mantener una industria nuclear autónoma, con antecedentes en innovación tecnológica que alguna vez colocaron a Argentina en la vanguardia del sector en América Latina. La decisión de avanzar con la privatización y la suspensión de proyectos nacionales plantea interrogantes sobre el futuro de la matriz energética y la soberanía tecnológica del país.
Otra dimensión relevante es la reconfiguración de alianzas internacionales. Recientemente, Nucleoeléctrica firmó con la china CNNC un acuerdo para desarrollar la central Atucha III con tecnología Hualong One, pero la continuidad de la iniciativa quedó en suspenso tras el cambio de gestión. Además, se informa que Reidel mantiene negociaciones con fondos de inversión iraníes, lo cual ha generado polémica dado el contexto geopolítico internacional. Esto sugiere un giro estratégico que prioriza relaciones con actores externos a costa de los desarrollos tecnológicos nacionales.
En definitiva, Argentina atraviesa un momento de transformación en su sector nuclear, marcado por la privatización, el freno a proyectos propios y una posible orientación hacia alianzas internacionales que redefinen el rol del país en la matriz energética regional. La tendencia señala una pérdida de autonomía en una industria que históricamente fue símbolo de innovación y soberanía.
