Los retrasos en la puesta en marcha de estas plantas postergan la producción de combustibles de valor y mantienen a México dependiente de importaciones. Las plantas coquizadoras en Tula, Hidalgo, y Salina Cruz, Oaxaca, continúan en desarrollo, a pesar de las promesas realizadas en la administración anterior de impulsar su funcionamiento. Estas instalaciones son esenciales para transformar residuos pesados del petróleo en combustibles más limpios y de mayor valor, como gasolinas y diésel, además de reducir la dependencia del país en hidrocarburos importados. Sin embargo, los avances actuales muestran que ambas plantas están aún en fases intermedias de construcción, sin una fecha definitiva para su operatividad. La iniciativa busca disminuir el uso de combustóleo, un residuo altamente contaminante que representa una parte significativa de la producción nacional de energía, y que actualmente genera problemas ambientales y de salud pública. La falta de infraestructura completa para procesar este residuo obliga a Pemex a venderlo a precios bajos o a destinarlo a generación eléctrica, lo cual aumenta los costos ambientales y económicos. La demora en la entrada en operación de estas coquizadoras también retardará la capacidad del país para alcanzar mayores niveles de autosuficiencia energética, una meta que quedó impuesta en discursos gubernamentales y que sigue sin materializarse a pesar de las promesas formuladas.
