San Marcos, Guerrero. – El municipio de San Marcos ha vivido un fin de semana marcado por la zozobra y la incertidumbre tras el sismo de magnitud 6.5 que tuvo su epicentro en la región. La actividad sísmica no ha cesado, y hasta la mañana del domingo se habían registrado un total de 2 mil 144 réplicas, según datos del Servicio Sismológico Nacional. Esta constante sacudida mantiene a la población en vilo, a pesar de los esfuerzos por normalizar la actividad económica.
Comercios y el transporte público han reanudado operaciones, pero el ambiente de aprensión es palpable. Los habitantes intercambian palabras de aliento y oraciones, recordando la fuerza del terremoto principal. Durante el sábado y el domingo, se registraron al menos cinco sismos adicionales de magnitud 4.1 o menor, que para muchos locales se sintieron incluso más intensos que en Acapulco.
Vecinos, especialmente adultos mayores, señalan no haber experimentado una situación similar en décadas, comparándola con eventos pasados pero destacando la persistencia de los movimientos actuales, que impiden recuperar la calma. Las construcciones tradicionales de adobe y teja roja, características de San Marcos, han sido las más afectadas, mostrando daños severos y evidencia visible de la fuerza de los temblores.
La Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil estatal ha informado que alrededor de 700 viviendas presentan daños medios y 43 inmuebles sufrieron afectaciones severas, concentrándose en calles del centro del municipio. La preocupación se extiende a las áreas más alejadas, donde los residentes piden ampliación de los recorridos de evaluación ante el riesgo de colapso de algunas estructuras.
Algunos establecimientos comerciales han optado por refuerzos provisionales. Si bien no se han reportado colapsos generalizados, el riesgo estructural persiste, impulsando la demanda de inspecciones exhaustivas y apoyo técnico para determinar la habitabilidad de las viviendas.
La iglesia de San Marcos, un importante símbolo local, también sufrió fracturas en sus torres y campanario. Durante la misa dominical, cerca de 300 personas se mantuvieron detrás de una cinta de seguridad, evidenciando la precaución. A pesar de los daños, la fe se ha convertido en un refugio emocional para la comunidad, que enfrenta la alerta permanente ante los constantes movimientos telúricos.
