Un análisis revela cómo la estrategia de desmantelamiento ha provocado un aumento exponencial en la cantidad de grupos delictivos, generando mayor violencia y retos para las autoridades. En las últimas dos décadas, la estructura del crimen organizado en México ha experimentado una marcada transformación que ha contribuido a un incremento significativo en los niveles de violencia en el país. A principios del año 2000, se identificaban siete cárteles principales que controlaban distintos territorios y actividades ilícitas, entre ellos el Cártel de Sinaloa, el Cártel del Golfo y el Cártel de Juárez. Sin embargo, la puesta en marcha de operativos dirigidos a “descabezar” estas organizaciones, mediante la captura o muerte de sus líderes, ha desencadenado una ola de fragmentación interna. Este proceso ha derivado en la creación de múltiples grupos subsidiarios o nuevas organizaciones que compiten entre sí, aumentando la complejidad del panorama delictivo. La fragmentación responde en gran medida a las disputas internas generadas por la pérdida de autoridad de los cabecillas tradicionales, dando lugar a más de 150 organizaciones medianas en el país. Entre ellas destacan grupos como El Cártel del Noreste, La Familia Michoacana y Guerreros Unidos, que surgieron en el contexto de ese caos. La tendencia se proyectó en el contexto de la llamada guerra contra el narcotráfico, iniciada en 2006 con el gobierno de Felipe Calderón, cuando la política de arrestos y operativos militares fomentó la proliferación de organizaciones pequeñas y clandestinas. Estudios sobre el tema muestran que una mayor fragmentación hace más difícil la detección y combate de estos grupos, ya que operan en estructuras más dispersas y menos visibles. La creación de grupos como Los Zetas, que se deslindaron del Cártel del Golfo, ejemplifica cómo las rupturas internas han dinamizado el escenario criminal, complicando aún más los esfuerzos de seguridad y justicia en México. La evolución del crimen organizado e
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