A pesar de la disminución de practicantes, los músicos que usan organillos llenan las calles de Tlalnepantla, preservando una práctica cultural desde hace más de un siglo.
En las calles y plazas de Tlalnepantla, la presencia de organilleros continúa enriqueciendo el paisaje urbano y cultural, aunque la cantidad de quienes ejercen esta tradición musical ha disminuido con el tiempo. Desde hace más de cien años, instrumentos portátiles originados en Alemania han sido parte de las expresiones musicales en las calles mexicanas, y hoy en día, cerca de 50 practicantes en la zona metro aún mantienen vivo este legado.
Estos músicos, como Gael y don Alejandro, transmiten melodías clásicas y tradicionales, interactuando con el público para ofrecer entretenimiento y sustento. La actividad, que se remonta a la época del Porfiriato, se caracteriza por un atuendo distintivo y la ejecución de temas populares, ofreciendo no solo diversión sino también una conexión con la historia y las costumbres del país. La relevancia del oficio radica en su papel como guardianes de un patrimonio sonoro, que enfrenta retos de modernización y urbanización, pero cuyo significado cultural sigue vigente en la memoria colectiva de la comunidad.
Como parte de su esfuerzo por continuar, varios organilleros expresan su deseo de que las nuevas generaciones asuman esta tradición, asegurando que las melodías clásicas y las evocaciones del pasado sigan resonando en las calles mexicanas. La preservación de estos músicos puede considerarse una iniciativa para valorar la diversidad cultural y mantener viva una historia musical que forma parte esencial de la identidad local.
