Ciudad de México, Coahuila. – La política exterior de la administración de Donald Trump en su segundo mandato ha puesto un énfasis particular en la seguridad hemisférica, evidenciado en el apoyo a líderes de ultraderecha en Latinoamérica. Esta estrategia, lejos de ser encubierta, ha sido detallada en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos 2025, publicada en diciembre del año pasado.
El documento oficial señala que Estados Unidos intervendrá en los asuntos internos de otros países cuando lo considere justificado y recurrirá a la fuerza militar como elemento disuasorio. Estas directrices ya se estarían implementando a través de acciones militares en la región y un activismo político inusual por parte de Washington en procesos electorales latinoamericanos.
Expertos señalan que se observa un intervencionismo abierto del trumpismo en las elecciones de la región, con un auspicio explícito a movimientos de extrema derecha. Un ejemplo citado es el proceso electoral en Chile, donde el embajador de Estados Unidos expresó preferencia por el candidato ultraderechista José Antonio Kast, alineado ideológicamente con el gobierno de Trump.
El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, ha manifestado la intención de Washington de crear nuevos aliados en América Latina, priorizando aquellos gobiernos que coincidan con la agenda conservadora. Esto implica una postura de confrontación con los gobiernos de izquierda en la región, como los de México, Brasil, Colombia y Uruguay, así como con las autocracias de Venezuela, Nicaragua y Cuba.
La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos 2025 propone un control estadounidense sobre América Latina, excluyendo la influencia de potencias extrarregionales como China y Rusia, y asegurando el dominio de los recursos estratégicos. Esta política, denominada el “corolario Trump” a la Doctrina Monroe, busca establecer una relación asimétrica y de dependencia con los países latinoamericanos.
La doctora Estefanía Ciro, especialista en política de drogas y seguridad hemisférica, describe esta doctrina como una promoción de una ideología ultraconservadora y de extrema derecha en América Latina, con el objetivo de debilitar a la izquierda regional. Ante este panorama, México y Brasil se perfilan como un potencial “muro de contención” para contrarrestar el avance de la extrema derecha, a pesar de los esfuerzos de Estados Unidos por influir en sus próximos procesos electorales.
