Saltillo, Coahuila. – La forma en que reaccionamos ante los sucesos de la vida, a menudo malinterpretada como una falla del carácter, es en realidad el modo primario de funcionamiento del ser humano, según un análisis sobre la reactividad. Lejos de ser dueños de nosotros mismos, nuestras reacciones suelen preceder al raciocinio, el cual, en muchos casos, se dedica a justificar las respuestas emocionales ya dadas.
Este mecanismo, aunque natural, presenta un desafío: rara vez advertimos desde dónde se originan nuestras reacciones. Contrario a la creencia popular, muchas de estas respuestas no son activadas únicamente por el estímulo presente, sino también por anticipaciones y simulaciones mentales de posibles escenarios negativos. El cerebro, al ensayar escenarios de daño, puede generar respuestas de alarma ante hipótesis en lugar de hechos consumados.
La reactividad humana se complejiza al incorporar la experiencia pasada, los temores y las narrativas personales. Estos elementos se superponen, haciendo que el presente quede supeditado a un tiempo que no está ocurriendo, y que reaccionemos no al mundo, sino a una historia personal sobre él.
Cuando esta dinámica se perpetúa, el ensayo del daño puede transformarse en un guion que, lejos de ser deseado, confirma una identidad. El drama personal surge no tanto del daño vivido, sino del daño ensayado y validado repetidamente como una verdad subjetiva. La reactividad se convierte así en una estructura identitaria que nos ayuda a explicarnos y a mantener una coherencia interna, incluso cuando esto implica vivir en un estado de tensión constante.
La regulación emocional, en este contexto, no implica la eliminación de la reactividad ni la búsqueda de una calma perpetua. Se trata más bien de cuestionar las historias internas que mantienen activas dichas reacciones y de crear un margen entre la anticipación y la obediencia a esas alarmas internas. La verdadera dificultad reside en discernir cuándo nuestras reacciones se desvinculan del presente para aferrarse a una escena previa que necesita repetirse para sostener nuestra identidad, y no tanto en cómo dejar de reaccionar por completo.
