La sobreexplotación de acuíferos genera subsidencia que afecta viviendas, infraestructura y tejidos urbanos en la capital mexicana.
La Ciudad de México enfrenta un proceso de hundimiento gradual que alcanza velocidades de hasta 42 centímetros por año en algunas zonas, principalmente debido a la extracción desmedida de agua subterránea. Este fenómeno, conocido como subsidencia, resulta del agotamiento de los acuíferos por una demanda que proviene en más de la mitad del consumo del vital líquido en la capital. La extracción excesiva provoca la compactación del terreno y un descenso en la superficie, afectando tanto viviendas como infraestructuras críticas.
Desde hace más de un siglo, las autoridades capitalinas han observado y tratado de mitigar esta problemática, adoptando medidas como el cierre de pozos en áreas vulnerables en los años 50, y la implementación de pozos en zonas periféricas. Sin embargo, la situación persiste y los esfuerzos requieren soluciones a largo plazo. Estudios recientes con imágenes satelitales ponen en evidencia que diversas alcaldías del oriente y el suroriente de la ciudad se hunden a diferentes velocidades, aumentando el riesgo de daños estructurales y deslizamientos en calles y avenidas, y elevando la probabilidad de inundaciones en ciertas áreas.
El especialista Enrique Cabral Cano, del Instituto de Geofísica de la UNAM, advierte que aunque se detenga la extracción de agua hoy, el proceso de subsidencia continuaría por años debido a la naturaleza retarda de la compactación del suelo. La ciudad debe desarrollar estrategias integrales y sostenibles para enfrentar este reto, que afecta a casi el 13% de su población y millones de sus habitantes en sus vidas cotidianas y en la calidad de su entorno.
Este fenómeno se ha observado desde finales del siglo XIX y ha sido recurrente a lo largo de la historia de la urbe. La zona de mayor subsidencia se ubica en el noreste de la capital y en municipios del Estado de México, con velocidades de hundimiento que ponen en jaque la estabilidad de viviendas y vías principales, como la Línea A del metro, que ya presenta desniveles y fallas superficiales relacionadas con estos movimientos del terreno.
