Ciudad de México. – La Dulcería de Celaya, uno de los establecimientos más antiguos y emblemáticos de la Ciudad de México, transporta a sus visitantes a otra época con su vasta oferta de dulces tradicionales elaborados artesanalmente. Fundada en 1874, esta joya histórica ha resistido el paso del tiempo, sobreviviendo a momentos cruciales de la historia mexicana como el Porfiriato y la Revolución, y ofreciendo un respiro dulce a través de sus icónicas cocadas, puerquitos de piloncillo y besos de nuez.
El negocio, que hoy celebra 151 años de existencia, fue fundado por la familia Guízar de Arias. Su primera ubicación se encontraba en la antigua calle de Plateros, hoy Madero, adyacente al célebre Café de La Concordia. El nombre ‘Celaya’ fue elegido en honor a la reputación de esta ciudad guanajuatense por la calidad de sus dulces, especialmente su cajeta.
Inicialmente, los dulces se adquirían de diversos proveedores en el país. Sin embargo, ante la creciente demanda, la familia Guízar decidió adquirir las recetas y comenzar su propia producción. Lo que comenzó como una pequeña operación en el sótano de su casa, con apenas una charola diaria de dulces, se ha convertido en un referente de la repostería tradicional.
Tras 26 años en la calle de Plateros, la dulcería se trasladó a su actual sede en la calle 5 de Mayo número 39, en el Centro Histórico, a escasas dos cuadras del Zócalo. Este cambio coincidió con la urbanización de la calle a principios del siglo XX, lugar donde ha permanecido desde entonces.
La experiencia en la Dulcería de Celaya va más allá de la degustación. Su interior conserva un estilo Art Nouveau, con techos y trabes adornados con estuco de motivos florales, pisos de mosaico con grabados simétricos y un candelabro central. Gran parte del mobiliario, incluyendo los espejos franceses y los aparadores de madera de roble blanco, data de los inicios del establecimiento, lo que confiere al lugar una autenticidad excepcional.
Actualmente, la dulcería ofrece alrededor de 120 variedades de dulces, todos elaborados de forma 100% artesanal y a mano, sin el uso de máquinas. Entre la extensa oferta se encuentran la leche quemada (natural, envinada o con vainilla), chocolatinas, besos de nuez, glorias, yemitas de almendra, piñón con leche, aleluyas de pistache y piñón, quesitos de almendra, bolitas envinadas, bollos de coco, bollitos de nuez, suspiros de merengue, buñuelos y jamoncillos. Si bien la mayoría son clásicos, algunos productos como las calaveritas de azúcar o las roscas de Reyes se ofrecen de forma estacional.
