Ensenada, Baja California. – La discusión sobre el papel de la fe y la justicia social en la política ha cobrado fuerza en América Latina, donde ideologías revolucionarias han prometido redención, pero a menudo han resultado en inestabilidad y erosión de libertades fundamentales. A medida que se disipan las promesas, emerge la realidad de instituciones debilitadas y un ambiente de desconfianza cívica.
El católico enfrenta un dilema: la ingenuidad crédula que sigue a quienes ignoran la ley natural, o la tibieza que se aleja de la política. Algunos confían en ideologías que menoscaban la dignidad humana, mientras que otros se desilusionan y se apartan de su fe. Ambas posturas son erróneas; la vida en sociedad requiere de la participación activa en el ámbito político, no de la indiferencia.
Los revolucionarios abogan por la ruptura de tradiciones y la supresión de límites en nombre de la inclusión. Impulsan uniformidad bajo la fachada de derechos sociales, concentrando poder en detrimento de la verdadera justicia. La historia ha demostrado que este enfoque tiende a devorar los principios que prometieron defender, resultando en un ciclo de frustración y autoritarismo.
No se trata de nostalgias ni de una defensa ciega del pasado; las reformas son necesarias, pero deben buscar lograr un equilibrio entre libertad y responsabilidad. La política efectiva se basa en el respeto y la dignidad de cada individuo, priorizando el bien común. Cuando el Estado asume el papel de regulador absoluto, la pobreza no se combate, sólo se gestiona.
El compromiso con la Patria no debe ser visto como una carga ideológica, sino como una misión de vida. La única salvación proviene de un regreso a valores que reconozcan a Cristo Rey. Es fundamental que los católicos se involucren activamente, tomando decisiones conscientes y ocupando espacios de liderazgo para fomentar un orden social que respete la dignidad humana y fomente la vida familiar.

