El incontrolable crecimiento de Tijuana, Baja California, y las deficiencias en el saneamiento han provocado un significativo flujo de aguas residuales hacia Estados Unidos, afectando la salud y el ambiente en la región. La situación se agrava cada día, y la contaminación es evidente.
A través del río Tijuana, miles de litros de aguas negras cruzan la frontera diariamente, llegando a una estación de bombeo de la Comisión Internacional de Límites y Aguas que intenta mitigar el problema, pero sin éxito. Estas descargas ocasionan un daño considerable, tanto al entorno como a la salud de los habitantes en ambos lados.
La creciente presión de las autoridades estadounidenses hacia México, especialmente con el próximo inicio de la revisión del T-MEC, ha puesto énfasis en la necesidad de detener estas descargas sin tratamiento. El estuario de Tijuana se ha convertido en un foco crítico, siendo el humedal costero más grande del sur de California.
Históricamente, el desorden en el crecimiento urbano de Tijuana ha intensificado el problema. Según estudios, desde 1940, la ciudad ha recibido un aumento significativo en su población, llevando a un desbordamiento de su infraestructura de drenaje. Se prevé que para 2050, la población se incremente alrededor de un 40%, lo que elevará el riesgo de contaminación transfronteriza.
La situación se ve reflejada en la calidad del agua de las playas cercanas, donde varios sitios han sido catalogados como no aptos para uso recreativo por la alta presencia de enterococos, bacteria indicador de contaminación fecal. Con un monitoreo permanente por parte de organizaciones locales, la presión para solucionar esta crisis ambiental se vuelve más urgente.
Con información de eleconomista.com.mx

