Un informe de la CIA reveló décadas atrás las fracturas políticas que llevarían al fin del régimen priista en México, tras el devastador sismo de ese año.
El 19 de septiembre de 1985, un potente terremoto de magnitud 8.1 sacudió la Ciudad de México, causando devastación en edificios emblemáticos y poniendo a prueba la resistencia del Estado. Sin embargo, los efectos de aquella tragedia trascendieron los daños inmediatos y revelaron profundas fracturas en el sistema político mexicano. Días después del sismo, un análisis elaborado por la Agencia Central de Inteligencia anticipó que las respuestas burocráticas y la movilización popular cuestionarían la autoridad del PRI, evidenciando un proceso de erosión en su legitimidad. La rápida organización ciudadana en labores de rescate y ayuda humanitaria convirtió la solidaridad en una forma de desafío al Estado, sembrando las semillas de una transformación política que culminaría en el fin de su dominio casi ininterrumpido por más de setenta años. La respuesta gubernamental lenta y tensa en las horas iniciales agravó la percepción de incapacidad, marcando un punto de inflexión en la historia democrática del país. Este sismo sirvió como una metáfora de los cambios estructurales que estaban en marcha, evidenciando que las instituciones tradicionales estaban en crisis y que la voluntad popular comenzaba a ejercer un poder que no podía ser controlado por el sistema en su conjunto. Desde aquel momento, sucesivas elecciones y el surgimiento de líderes como Cuauhtémoc Cárdenas y la alternancia en el poder evidencian cómo ese temblor geológico también fue un terremoto político que reconfiguró la democracia mexicana.
