Buenos Aires, Argentina. – El gobierno de Javier Milei se encuentra en una encrucijada económica donde la teoría de la “destrucción creativa” schumpeteriana choca con las advertencias keynesianas sobre la velocidad y el costo social de las transiciones económicas.
La primera fase de la administración se caracterizó por medidas macroeconómicas como la desaceleración inflacionaria, el superávit fiscal y la apreciación cambiaria, facilitando la importación de bienes. Estos factores, si bien impulsaron el consumo y generaron un rédito electoral inicial, contrastan con la lenta y desigual maduración de una nueva microeconomía.
El empleo formal e informal, la cantidad de empresas y la distribución regional de la actividad económica presentan un panorama complejo con ganadores y perdedores. La visión del gobierno, que postula que el cierre de empresas ineficientes abre paso a nuevas oportunidades casi simultáneamente, se enfrenta a la realidad de una destrucción de puestos de trabajo registrados que, según datos de la Superintendencia de Riesgos de Trabajo, alcanzó 277.000 entre noviembre de 2023 y agosto de 2025, a un ritmo de 433 por día.
El análisis detallado de los sectores económicos revela cierres generalizados de firmas, con algunas excepciones puntuales. La dicotomía entre el ciudadano como consumidor y como productor es clave: mientras la macroeconomía inicial benefició al primero, la reconfiguración microeconómica impacta de manera dispar en la capacidad de generar ingresos de los segundos.
El debate se centra en la sincronización de la destrucción y creación económica. Mientras algunos ideólogos del gobierno confían en la rápida adaptación del capitalismo, las advertencias keynesianas señalan el riesgo de períodos prolongados de subutilización productiva y altos costos sociales. La historia argentina, con episodios como el de 1995-2001, sugiere que estas transiciones no son automáticas y pueden generar fenómenos de “histéresis”, afectando permanentemente las capacidades de trabajadores y empresarios.
Los supuestos para que el modelo de equilibrio general propuesto por Milei funcione de manera óptima incluyen la creación simultánea de nuevas empresas, alta movilidad del ahorro hacia inversiones, flexibilidad laboral y la capacidad de las familias para trasladarse a nuevos polos productivos. La gestión de la economía política de este proceso será crucial para el comportamiento electoral futuro.
Se proyecta que, si bien las posibilidades de consumo podrían estabilizarse o caer, la subocupación y la informalidad laboral podrían aumentar, llevando a una disminución de la masa salarial total y del ingreso promedio. La evidencia histórica subraya la necesidad de políticas industriales y sociales para moderar los costos de la reconversión productiva, un factor determinante para la legitimidad política y social de cualquier gobierno.
