Ciudad de México. – La figura de Donald Trump se proyecta como una fuerza imparable cuyas acciones y retórica amenazan la estabilidad de Occidente, sin que hasta el momento exista una contención efectiva, tanto a nivel nacional como internacional. Sus declaraciones y políticas, a menudo calificadas como mendaces, se resumen en un claro mensaje: “Voy a por ustedes”. Este “ustedes” abarca un amplio espectro que incluye a votantes demócratas, la propia democracia, la población trans y naciones enteras que han sido objeto de aranceles. La lista de afectados se extiende a Gaza, Cuba, Groenlandia, Colombia, los minerales críticos de Ucrania, y figuras como Pedro Sánchez, magistrados del Tribunal Penal Internacional sancionados por EE. UU., activistas climáticos y defensores del derecho internacional. La preocupación crece ante la posibilidad de que futuros líderes como Marco Rubio o J. D. Vance sigan un camino similar.
La reciente difusión por parte de la Casa Blanca de imágenes sobre el hundimiento de una lancha en costas venezolanas, resultando en la muerte de 11 presuntos narcotraficantes sin juicio previo, ha exacerbado las tensiones. Aunque Nicolás Maduro no ha abordado directamente el incidente, ha emitido discursos sobre la presión militar ejercida por Trump, acompañados de referencias a la canción “Tiburón” de Rubén Blades, interpretada en Latinoamérica como un himno anti-imperialista. La letra, que insta a atacar al tiburón, resuena en un contexto donde la amenaza percibida de Trump genera un sentimiento de impotencia.
La comunidad internacional, incluyendo a la ONU y la Unión Europea, se ha limitado a declaraciones retóricas. El silencio del secretario general de la OTAN ante las amenazas de Trump sobre Groenlandia, y la postura de países como el Reino Unido, China y Rusia, reflejan una falta de acción concertada. China, aunque ha condenado el ataque, prosigue con su propia agenda armamentística, y Rusia se mantiene a la espera de sus movimientos.
Ante este panorama, surge la pregunta sobre quién o qué puede frenar a Trump. Los jueces federales ven su capacidad limitada por recientes sentencias del Tribunal Supremo que restringen la aplicación de sus mandatos a nivel nacional. Si bien los jueces del Tribunal Supremo podrían ofrecer una resistencia, la mayoría conservadora, con seis de sus nueve miembros designados por Trump, genera incertidumbre. Las elecciones de mitad de mandato en noviembre de 2026, con una potencial victoria demócrata que genere una “ola azul”, podrían mermar su poder, ya que la estructura de la Administración estadounidense está diseñada para que el Congreso actúe como contrapeso.
La economía emerge como otro posible freno. A pesar de una inflación controlada al cierre de 2025, la política de aranceles de Trump podría impulsarla. La preocupación por la asequibilidad, un tema central en EE. UU., podría influir en el voto de los ciudadanos, quienes anteponen sus necesidades económicas a la indignación internacional. El votante de Ohio, por ejemplo, podría castigar a Trump si el costo de su vehículo aumenta significativamente debido a los aranceles.
Incluso los propios seguidores de Trump, los MAGA, parecen firmemente alineados con él, a pesar de las controversias como el caso Epstein. La percepción es que Trump goza de una impunidad que le permitiría actuar sin consecuencias.
La única esperanza real de contención podría radicar en la propia voracidad de Trump. Sus acciones, si continúan con un enfoque de “tablero de Monopoly sangriento”, podrían generar un error de cálculo con consecuencias impredecibles, similar a un “Vietnam” en regiones como Colombia o una resistencia inesperada en Caracas. Un conflicto a gran escala no solo tendría repercusiones devastadoras, sino que también podría desestabilizar aún más la percepción de seguridad y estabilidad en un contexto internacional ya volátil. Mientras tanto, la figura del “tiburón” avanza, aparentemente impune.
